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Entre Venezuela y España. Entre estos dos países,
Joaquín Soler Serrano (Murcia, 1919) ha forjado su trayectoria vital y profesional y se
ha convertido en uno de los nombres más ilustres del mundo
de la radio.
Soler Serrano ha sido "el
hombre que supo adelantarse a su tiempo, el profesional que
hizo muchas cosas antes que nadie". Así lo define Joan
Munsó Cabús en la biografía del locutor, publicada
recientemente, "Joaquín Soler Serrano A
Fondo”. A una edad muy temprana, Joaquín Soler Serrano se
vio atrapado por la literatura, por las artes y por esa pasión
para comunicarse que se desprende de sus palabras, que han
sido emitidas por muchas emisoras de radio e incluso de
televisión. Soler Serrano empezó su camino en el mundo de
la radio como locutor en Radio Nacional de España, en
Barcelona, una vez terminada la Guerra Civil. Alternó su
trabajo radiofónico con la colaboración en periódicos y
revistas como “Solidaridad Nacional” y
"Labor". Después de un breve paréntesis, Soler
Serrano se incorporó a Radio España con programas como
“La vuelta a Cataluña de un locutor". En 1956, se embarcó con rumbo a
Caracas, donde estuvo dos años trabajando en televisión.
A su vuelta a España, pasó a formar parte de Radio
Barcelona, de la cadena SER. Fue en esta emisora donde la
voz de Joaquín Soler Serrano quedó grabada en la memoria
de los vallesanos, cuando informó de las trágicas riadas
de septiembre de 1962 en la
comarca y encabezó una campaña de recaudación de dinero
y ayuda para los afectados por el desastre, lo que le valió
un premio Ondas especial. Soler Serrano también dejó su
huella en televisión española, con programas como "Carrusel"
y “A Fondo", entre muchos otros.
En la presente entrevista, Joaquín
Soler Serrano, con 83 años y toda una vida dedicada a la
comunicación, reflexiona sobre su trayectoria y sobre la
vida en una sociedad muy diferente de la que le vio crecer y
aprender. Su última biografía da cuenta de ello.
¿Qué
supone para usted la edición de este nuevo libro de Joan
Munsó Cabús, que explica su trayectoria vital y
profesional?
Para mí es una satisfacción.
Munsó ha sido un hombre serio que ha hecho trabajos
bastante sólidos relacionados con el periodismo. Cuando me
propusieron hacer un libro de mis memorias, me fui a mi
casa y fui sacando cientos de páginas, escritas cada noche
antes de acostarme, de lo que había sido ese día para mí.
Pero era una barbaridad de material. Decidimos darle el
material a un hombre acostumbrado a los temas relacionados
con la radio y la televisión. Munsó se puso a trabajar y
luego me dijeron que el libro ya estaba terminado.
¿De dónde surgió su pasión para comunicarse con
la gente?
Mis padres estaban muy
interesados por la cultura. Mi padre era un gran lector y
tenía una biblioteca excelente. Conocí los clásicos y
también los escritores de la época en la que yo era aún
un muchacho. Me gustaron tanto que intenté acercarme a
alguno de ellos. Y así fue. Estuve durante años visitando,
por ejemplo, a Pío Baroja o Azorín. Esto hizo que yo
sintiera todavía más entusiasmo por su trabajo. Todos me
demostraron que con lo que habían hecho habían encontrado
la felicidad de su vida. Lo más importante para ellos había
sido escribir. Fui aprendiendo cosas de ellos y me
fascinaron. Luego empecé a escribir algunas cosas, algunos
artículos para periódicos. Este fue el arranque, y después
vino todo lo otro.
Pero su pasión ha sido sobre todo la radio.
Sí, me encontré trabajando en una emisora de radio,
y resulta que me encantaba
la radio. Allí estuve años y años. La radio tenía unas
posibilidades enormes y me sorprendía que no las
aprovecharan. La radio tenía que ser un espejo de la
realidad. Siempre he estado investigando y creando modos y
maneras a partir de esa premisa, para convertir la radio
en un tren. He tratado de averiguar qué posibilidades tiene
el medio y hasta donde podemos llegar para conseguir la
profundidad adecuada.
¿La radio puede ser tan
profunda como la palabra escrita?
Sí, creo que
sí. Los grandes escritores de nuestro tiempo se han hecho
en la radio. En América Latina todos los escritores se han
hecho escribiendo en un periódico, primero, y después en
la radio, que era el periódico de nuestro tiempo. Luego la
radio ha dejado de ser el periódico de nuestro tiempo para
que lo sea la televisión. En definitiva, se trata siempre
de lo mismo que es qué les contamos a los que nos oyen, qué
les gusta a ellos saber. El esfuerzo cotidiano es el que te
va abriendo caminos, el que te permite ver a qué te dedicas
realmente. Lo que cambia de un medio a otro es saber
adaptarse a las distintas exigencias.
Así pues, ¿los
contenidos de cada medio son los mismos?
Son los
mismos. Las personas tenemos una serie de necesidades
cotidianas. Pero hay otras que tienen que ver con los
sentimientos. Uno no es nada más que el reflejo de lo que
hay alrededor. La radio tiene que ser una manera de
ampliar el mundo.
¿Si se establece una
relación tan intensa entre lo que sucede y el periodista,
qué lazo le une a usted con el Vallés a raíz de las trágicas
riadas de 1962?
Soy el mismo,
pero con más tiempo y más experiencias. Lo que hago es
aquello que pienso que puede servir para los demás. Si no
es así, a mí no me sirve. Soy uno más, pero me toca hacer
este trabajo.
¿Qué huella han dejado en usted
las guerras que le ha tocado vivir?
Una guerra es la cosa más
repugnante y odiosa que conozco. Lo primero que debería
hacer el mundo contemporáneo es reunir a los que se
autodenominan grandes, los países más poderosos, con
los países también más pobres para establecer unas
relaciones comunes, donde ningún país tuviera poderío
por encima de ningún otro. Siempre va a haber locos, cada día
hay más maníacos. La realidad de la vida es exigente y
violenta. Las catástrofes son espantosas y muchas veces
nadie nos avisa de ellas. El ser humano tiene que ayudar a
su prójimo. Y los que tenemos medios, más aún, más
deprisa, y ver cómo somos capaces que la causa de dolor se
vaya rompiendo. Lo importante es que después de la catástrofe,
uno esté entero, aunque se hayan perdido haciendas, vidas,
animales de compañía. El hombre puede hacer lo que quiere
si se lo propone.
Pero también hay
situaciones catastróficas que se pueden evitar. ¿Cómo ve
usted la inminencia de una guerra (cuando se realizó esta
entrevista, la guerra en Irak todavía no había estallado)?
Lo veo impresentable. Me
parece que esos países están todos equivocados, pero los
poderosos creen que tienen el derecho de equivocarse e
incluso creen que tienen que ser elogiados por ello. No
quiero a ningún país que busque la guerra como un método.
Sólo quiero los países que abren sus puertas a los que no
tienen nada, a los que no tienen casa. Si somos capaces de
poner los elementos en su sitio y detener la catástrofe,
tenemos que hacerlo. En lugar de eso, creo que los gobiernos
están pensando en cómo matar. Esto no puede tolerarse.
¿Cómo se puede empezar
a solventar esto?
Uno solo no puede hacer
nada. Se trata de juntar a la gente que piensa igual, que
cree en lo mismo, a través muchas veces de los medios de
comunicación. Muchas veces se hace espontáneamente. El
ser humano no está perdido porque sabe que tiene cosas de
las que sentirse orgulloso, del mismo modo que hay otras de
las que tiene que zafarse.
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Hay que mantener pequeños
líderes que recuerden que hay cosas que son posibles de
mejorar. Son pequeños esfuerzos. Hay miles de cosas
elementales, pero que ignoramos.
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